jueves, 17 de julio de 2008

- RODIN -





AUGUSTE RODIN

El francés de los bronces



La historia del escultor que dio un nuevo rostro al arte del siglo XIX estuvo marcada por éxitos inesperados, fracasos rotundos y una compleja vida sentimental. A propósito de la muestra La era de Rodin, en el Museo Nacional de Arte Decorativo.

Por Ernesto Schoo
Para LA NACION




Donde se cruzan los bulevares Montparnasse y Raspail, en el sexto distrito de París, se alza el monumento a Balzac, obra de René-François-Auguste Rodin.Es una de las encrucijadas más vertiginosas de la ciudad: las muchedumbres apresuradas pasan hoy por ahí sin reparar casi en esa figura de bronce y, mucho menos, en sus detalles. La cabezota con la melena leonina, el belfo de gruesos labios entreabiertos, los ojos hundidos en la maraña de las cejas, el abrigo de traza indefinida que cubre un corpachón informe. De todos modos, aun a cierta distancia y a la mirada indiferente, el personaje impone respeto. Es alguien, o algo, que sale de lo común. Tanto que en su momento, allá por mil ochocientos noventa y pico, la estatua desató escándalo, polémicas sin fin y acciones judiciales. Nada que extrañase demasiado a su creador, habituado desde sus comienzos a pelear con jurados, críticos, detractores de toda laya y, entre éstos, los primeros, sus propios colegas.





¿Por qué tanta animosidad contra Rodin? Sencillamente, por ser un genio, el artista que renovó la escultura occidental, anticipando, en el siglo XIX, los criterios estéticos que marcarían el derrotero de las artes en el XX. De origen humilde, nacido en París el 12 de noviembre de 1840, fue hijo de un modesto funcionario de la policía, Jean-Baptiste Rodin, y de un ama de casa, Marie Cheffer; tres años antes había nacido su hermana Marie. Auguste era un chico común, saludable, travieso y, eso sí, apasionado por el dibujo. No se destacó por la contracción al estudio en la escuela vecinal de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, de la que salió a los diez años para ir a un internado en Beauvais, regido por un tío paterno, quien terminó por devolverlo a casa con la aclaración de que "no tenía remedio". Nadie observó, hasta que Auguste entró en la madurez, que era miope en alto grado. Tampoco se tuvieron en cuenta los dibujos de Rodin ni él mismo les dio más importancia que la de meros apuntes, hasta la gran exposición triunfal de 1900, cuando se los descubrió como obras de arte por derecho propio. Hasta hoy se han hallado unos ocho mil, en su mayoría los de sus últimos años, cuando se apasionó por la danza moderna (Isadora Duncan, Loïe Fuller y Nijinsky bailaron para él) y de los países exóticos, como Camboya y Java.





Por fin, cuando su hijo tenía catorce años, Jean-Baptiste fue convencido por su mujer y por la solidaria Marie de que Auguste nunca haría carrera en la policía y lo autorizó a inscribirse en la Escuela de Artes Decorativas, que era gratuita. Apodada " la petite école " para distinguirla de " la grande école " -la de Bellas Artes-, formaba a los artesanos destinados a proveer el exceso de ornamentación característico del siglo XIX. Tenía otras ventajas: no era, como la de Bellas Artes, un altanero y obstinado repositorio de normas supuestamente "clásicas", sino un lugar de aprendizaje y experimentación mucho más libre. Y, lejos de copiar servilmente los modelos del pasado, ofrecía clases de desnudo en vivo.

Auguste egresó de la Escuela de Artes Decorativas en 1857 con un primer premio en modelado y un segundo en dibujo. En vano intentaría, en ese mismo año y en los dos siguientes, entrar en las aulas de escultura de la Escuela de Bellas Artes: tan sólo lo admitirían en las de dibujo. Para sobrevivir, el muchacho trabajaba en escultura ornamental con un artesano albañil de apellido Blanche, a cinco francos de salario por día. Cuando su hermana Marie, herida por un desengaño amoroso, entró como novicia en el convento de las Ursulinas, donde se había educado, Auguste fue también invadido por una ola mística e hizo el noviciado en la Orden de los Padres del Santísimo Sacramento, que acababa de fundar el padre Eymard. ...ste advirtió que no era el sacerdocio la verdadera vocación de Rodin, sino la escultura, y le cedió un cobertizo en el jardín de la comunidad para que practicara su arte. Una de sus primeras obras importantes fue, precisamente, un busto del padre Eymard, de notable vigor expresivo. Marie enfermó de peritonitis en el convento y, de vuelta en casa, murió en 1862.





A una sensibilidad alerta como la de Rodin, por escasamente cultivado que fuese (no leyó los grandes textos, Homero, Dante, Shakespeare, Baudelaire, hasta pasados los treinta años), no se le escapaban las grandes transformaciones que conmovían a su época. La fotografía modificaba los criterios visuales, la Revolución Industrial transformaba la sociedad. Ya en 1853, Gustave Courbet había escandalizado a los biempensantes con sus Bañistas . Diez años después, sería Manet el encargado de enfurecer al público con su Almuerzo sobre la hierba , donde una mujer desnuda comparte un picnic con dos señores vestidos mientras otra dama, algo más cubierta, se baña en una laguna. Manet disfrutaría de un nuevo escándalo en 1865, el de Olimpia , un desnudo provocativo basado en las Venus de Ticiano.

La adolescencia de Rodin fue también el tiempo de Madame Bovary , de Flaubert, y de Las flores del mal , de Baudelaire, otras tantas ocasiones de santa indignación para los moralistas y de intervención judicial. Se acentuaba el divorcio cultural entre la fotografía y las artes plásticas, el hierro mandaba en la arquitectura: se construían las grandes estaciones de ferrocarril que fascinaron a los impresionistas (Monet, 1840-1926, uno de sus adalides, será íntimo amigo de Rodin toda la vida), Baltard erigió sus pabellones en el mercado de Les Halles, Labrouste firmó la Biblioteca de Sainte-Geneviève, donde el hierro se disfraza de seudogótico.





Auguste trabajaba ahora por su cuenta: tenía su primer taller propio, una vieja caballeriza desafectada en la rue LeBrun. Se dedicaba siempre a la escultura ornamental y asistía a las clases de anatomía animal dictadas en el Jardin des Plantes por un especialista, Antoine-Louis Barye. Conoció allí a Albert-Ernest Carrier-Belleuse (nacido en 1824, autor de la estatua ecuestre de Belgrano en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada), quien reclutó a Rodin para su ejército de decoradores, insuficientes siempre para cubrir las exigencias de una arquitectura opulenta, sofocante. Hacia la misma época conoció Rodin, en casa de un proveedor, a la encantadora Rose Beuret, nacida en 1844, casi analfabeta, que sería la compañera de toda su vida (¡pero a qué precio!). En 1866 tuvo con ella un hijo, que desde la infancia presentó serios problemas de conducta. En 1864 sufrió el primer fracaso. Había modelado la cabeza de un tal Bibi, un borrachín que solía posar en distintos talleres, caracterizado por su nariz rota. Y así la tituló, y decidió mandarla a un concurso oficial que buscaba premiar "la cabeza de expresión". Al llevarla al bronce, la parte posterior del cráneo se rompió y quedó tan sólo la máscara. Rodin, audaz, la envió igual al concurso, sin siquiera un pedestal, como era lo habitual. Pero no sólo esto ofendió al jurado: ¿qué hacía ahí una máscara que tampoco respondía a la exigencia de belleza clásica?

LA ERA DE RODIN, EN BUENOS AIRES

Carrier-Belleuse lo convocó a trabajar con él en Bruselas: la capital belga se renovaba y aspiraba a grandes edificios muy ornamentados. Rodin permaneció allí unos años. Para aumentar sus ingresos, vendía por su cuenta pequeñas esculturas de adorno, lo que indignó a Carrier-Belleuse, que lo despidió. Era 1871, el mismo año en que murió la madre de Auguste. Los biógrafos hablan de "trece años de silencio", entre los 24 y los 37, en los que poco y nada se sabe de su vida, salvo que a los 35 viajó a Florencia y descubrió a Miguel Ángel.

Fue el deslumbramiento. Por fin se encontraba Rodin con su auténtico maestro: más, con su par. Apenas si pudo describir lo que le pasaba. Anotó: "Todas las estatuas que él hizo son de un apremio tan angustiado que parecen querer romperse a sí mismas. Parecen querer ceder a la presión demasiado fuerte de la desesperación que las habita". Desde entonces, trataría de revelar la potencia invisible, pero indudable, que alienta en la carne y que se transmite a la piedra o el metal. No hay deliberación previa: Rodin ha debido decirse lo mismo que Picasso, "Yo no busco, encuentro". Y el encuentro se concreta a través de la luz. Luz que en el mármol está ya dentro de él, y en el bronce nace del modelado previo en el barro primordial, en la arcilla humilde. Rilke, secretario accidental del maestro en su hora más gloriosa, lo define así en sus admirables Cartas a Rodin : "Miríadas de punto de encuentro de la luz con la materia, cada uno distinto del otro y diversamente significante, pero que en su complejidad infinitamente variada expresan la palpitante presencia de la vida".

¿Cómo toleraría Rodin, entonces, que su espléndido desnudo masculino, La edad de bronce , presentado en el Salón de Bruselas de 1875, fuera acusado de haber sido moldeado sobre el cuerpo mismo del modelo, una práctica no desdeñada por artistas menores e inescrupulosos? El escultor pidió a un oficial del ejército belga que le enviara al taller, como modelo, a un soldado "bien hecho", quien resultó ser el joven telegrafista Eugène Neyt. Éste refirió, años después, la ardua experiencia de pasar muchas horas sobre la tarima, moviéndose sin cesar de aquí para allá, en las distintas poses que se le iban ocurriendo vertiginosamente al escultor, o bien inmóvil durante largo rato, apoyado sobre una pierna adelantada y aferrando una lanza con la mano izquierda. La lanza desapareció, sensatamente, en la versión definitiva, y el resultado es una criatura de infinita gracia y, a la vez, de infinita desolación. Tanto, que hubo de llamarse El vencido , alusión a la derrota francesa en la guerra con Alemania, en 1870, que terminó con el imperio de Napoleón III. Guerra que Rodin pasó en Bélgica y que no pareció afectarlo. Nunca le interesó la política, salvo para defender sus intereses.

Un crítico belga insinuó la posibilidad del modelado en vivo y los enemigos de Rodin, cuando la obra se presentó en el Salón parisiense de 1877, propagaron el infundio. Ni siquiera las fotografías tomadas durante las sesiones de pose bastaron para disiparlo. Los numerosos amigos importantes que el escultor había sabido cultivar en la crítica de arte y la política lo defendieron con éxito. La edad de bronce fue premiada en el Salón y el Estado la compró para el Jardín del Luxemburgo, donde estuvo varios años hasta ser trasladada a su actual emplazamiento, en Auteuil. Sus incontables reproducciones la han convertido, junto con El pensador , en una de las esculturas más populares de los tiempos modernos.

El pensador (del que tenemos una versión en bronce, en la Plaza del Congreso) es parte de la mayor frustración en la carrera del artista. Destinado a coronar las Puertas del Infierno , un encargo mayúsculo hecho por el Estado francés a Rodin en 1880, con destino al pórtico de un nunca edificado Museo de Arte Decorativo, terminó, como otras tantas figuras del colosal proyecto, por independizarse y adquirir vida propia. En el jardín del Hôtel Biron, en París, sede del Museo Rodin, se ve lo que pudo ser (o el punto al que llegó) ese monumento imponente, pero, en cierta forma, cercano a la pesadilla. Es una visión muy personal de La Divina Comedia , un torbellino vertiginoso de figuras múltiples, de formas y tamaños diversos. Como un confuso, caótico collage . La inspiración proviene de la Puerta del Paraíso , de Ghiberti, en el baptisterio de Florencia, pero nada más distante de esa serena, elegante simetría, que la furia concebida y ejecutada por el genio francés, que aspira a evocar las terribles palabras de Alighieri: "Perded toda esperanza ". Innumerables vaivenes jalonaron la realización de obra tan compleja, hasta que, pasados los años, Rodin devolvió el anticipo que le habían dado y procedió a extraer los fragmentos que le convenían para sus últimos experimentos, que anticipan, de manera notable, la escultura del siglo XX.





Entre los numerosos asistentes que lo secundaban en la factura de las terribles puertas -el principal, ...mile Bourdelle- estaba una muchacha bellísima, que había entrado a trabajar en el taller en 1884. Se llamaba Camille Claudel y era la hermana mayor de quien sería el gran poeta católico de Francia, Paul Claudel. Algo más que sensible al encanto femenino -popularmente, se lo consideraba un fauno insaciable-, Rodin se enamoró de ella y fue aceptado de inmediato, pese a la diferencia de edades: Camille era veinte años menor. La relación nunca fue apacible. Ella era una "niña bien", cultísima y refinada, y se complacía en ostentarlo frente a la medianía intelectual y social de Auguste y, sobre todo, en el contraste, que Camille subrayaba, con la ignorancia y la torpeza de Rose, convertida en una especie de sirvienta. Las alternativas tormentosas de esta historia de un amor difícil, las mostraría, en 1988, un excelente film protagonizado por Gérard Depardieu e Isabelle Adjani. Baste decir que, tras muchas vicisitudes, separaciones y reencuentros a lo largo de quince años (y diversas amantes del maestro aún durante los momentos de mayor pasión), el equilibrio psíquico de Camille, nunca muy robusto, empezó a ceder hasta culminar en su internación, en 1913, en un hospicio donde murió, pobre y olvidada hasta por su familia, veinte años después. La posteridad ha reivindicado su extraordinario talento para la escultura: influida sin duda por su maestro y amante (de quien fue también modelo en obras tan admirables como El pensamiento y La danaide ), ella avanzó, no obstante, en terrenos que éste apenas había comenzado a explorar (ciertas formas de collage ), y anticipó movimientos que hoy estimamos contemporáneos. Liberado de la pobre Camille, el siguiente embrollo fue el del Balzac , encargado en 1891, a instancias de ...mile Zola, gran amigo del escultor, por la Sociedad de Gentes de Letras. Con su habitual minuciosidad, Rodin hasta localizó al sastre que había vestido a Balzac cerca de su muerte y le encargó una bata como las que el novelista usaba siempre (en realidad, era el hábito de una orden religiosa) de entre casa. La primera idea fue la de un Balzac desnudo: quedan infinitos esbozos, variaciones en torno a una panza voluminosa y una cabeza también desmesurada. Ante la alarma de los comitentes, Rodin optó por vestirlo: hizo "broncificar" la prenda en cuestión y la volcó sobre el cuerpo rotundo, por lo que convirtió la figura en una suerte de tótem informe hasta llegar a la formidable cabeza, a la que es imposible contemplar sin una mezcla de atracción poderosa y de terror, casi como un ídolo primitivo. El Sarmiento de Rodin, en los jardines porteños de Palermo, es pariente cercano del Balzac : encargado por Aristóbulo del Valle en 1895, suscitó casi tanta polémica como aquél. Así como El almuerzo sobre la hierba, de Manet, representa el manifiesto de la pintura moderna, el Balzac de Rodin es el heraldo del arte del siglo XX. Durante mucho tiempo no se supo qué hacer con él. Estuvo años en el jardín del museo, en el Hôtel Biron. Tan sólo en 1939, y con mucha resistencia de la alcaldía de París, se lo ubicó donde está ahora.





Hubo otro encontronazo más entre el escultor y la burocracia estatal. La municipalidad de Calais, en 1884, quería erigir un monumento en memoria de los seis ciudadanos que en 1347, durante la Guerra de los Cien Años, se ofrecieron a ser ejecutados a cambio del levantamiento del prolongado asedio de la ciudad, ya extenuada y hambrienta, por las tropas inglesas del rey Eduardo III. Los burgueses de Calais, como los conoce la historia, vestidos apenas con sayos de arpillera y encadenados, ofrecieron al enfurecido rey las llaves de la ciudad. Tan sólo la súplica de la reina Filipa de Hainault, que, embarazada, se arrojó a los pies de su marido pidiendo clemencia, salvó la vida de aquellos héroes. Rodin concibió un grupo de seis personajes, aislados pero unidos en la miseria de su situación, de tamaño mayor que el natural, al comienzo sobre un pedestal y finalmente parados en el suelo. Una vez más, contrariaba los lugares comunes del heroísmo y la teatralidad patriotera exaltada en un zócalo. Tras infinitos cabildeos y disputas, el escultor se salió con la suya y el monumento se inauguró oficialmente en 1895.





En los últimos años, como ha ocurrido con otros artistas ilustres, cayó en las garras de una aventurera convertida en su amante, la duquesa de Choiseul -una arribista norteamericana que se autotitulaba la Musa del maestro-, que, en complicidad con su inescrupuloso marido, complicó a Rodin en una cantidad de tejemanejes turbios: venta de piezas descartadas o apresuradamente vaciadas por los ayudantes, autorización de patentes no legalizadas, etcétera. Instalado desde años atrás en una casona en Meudon, cerca de París, donde tenía un vasto, caótico estudio, recibía a los grandes de ese mundo que estaba a punto de desaparecer (por ejemplo, el rey Eduardo VII de Inglaterra, nada menos, en 1908) y acumulaba condecoraciones y encargos por sumas cuantiosas. En febrero de 1917 se resolvió por fin a casarse con Rose, quien murió poco después de la boda. Tras el tercer ataque de apoplejía, el frío contra el que las restricciones de la Primera Guerra hacían difícil combatir le provocó una neumonía, a la que sucumbió el 17 de noviembre. Ambos están sepultados en Meudon, al pie de un ejemplar en mármol del Pensador.





Sin Rodin, es inconcebible la obra de sus sucesores: Bourdelle, Despiau, Drivier, Maillol, entre los franceses; Picasso, Henry Moore y nuestros Yrurtia, Fioravanti, Lagos, y el rumano Brancusi, quien en 1928 afirmó: "Sin los descubrimientos de Rodin, mi trabajo hubiera sido imposible". Y Octave Mirbeau resume: "Su genio consiste no sólo en habernos dado obras maestras inmortales, sino también, como escultor, en habernos dado la escultura; es decir, haber redescubierto un arte admirable y olvidado".

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